Reflexiones desde ADEC

En este tiempo pascual, pasada la Cuaresma y la Semana Santa, los Evangelios nos muestran la desazón de los apóstoles y discípulos de Jesús ante su muerte en la cruz y cómo él se les manifiesta vivo y resucitado.

En el Evangelio de San Juan, Jesús se aparece a los discípulos, encerrados por miedo y les dice: “Paz a vosotros”. Y les muestra sus manos y su costado.

Jesús viene a traer la paz. Pero esa paz requiere de nosotros algo: reconocerlo y creer que está vivo.

Entonces sucede lo que dice el Evangelio: “Los discípulos se llenaron de alegría”.

Esa es la alegría del cristiano: la certeza de que Dios está presente en nuestras vidas y de que, una y otra vez, sale a nuestro encuentro, aunque nosotros nos apartemos de Él.

El Evangelio de Lucas nos presenta otro encuentro.

Dos discípulos caminan hacia Emaús, tristes, desilusionados, sin esperanza.

Y Jesús se acerca, camina con ellos, pero no lo reconocen.

Solo lo descubren al partir el pan.

Y entonces dicen: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”

Así también Jesús viene a nuestro encuentro.

Camina con nosotros, especialmente en los momentos difíciles, en la tristeza, en la incertidumbre.

Se hace presente en lo cotidiano: en la vida, en la naturaleza, en el encuentro con el otro y, de manera especial, cuando estamos en comunidad.

Nunca nos abandona.

Pero muchas veces no nos damos cuenta como les pasó a sus discípulos.

Y más aún hoy, con tanto ruido, con tanta prisa, con tanta distracción.

Por eso, hay un lugar privilegiado de encuentro: la Eucaristía.

Ahí Jesús se hace presente. Cercano. Vivo.

Nos acompaña, nos habla en su Palabra y repite su gesto más grande de amor: darse a nosotros como alimento.

Su Cuerpo y su Sangre.

Jesús nos conoce. Nos acompaña. Sabe nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes.

A veces, incluso sin pedírselo, nos concede lo que necesitamos.

Como en el Evangelio de Juan, cuando desde la orilla pregunta a sus discípulos: “¿Tienen algo de comer?”

Y ante la respuesta: “nada”, les pide tirar la red.

Y la pesca es abundante. Luego, come con ellos. Así es, Jesús.

Sale a nuestro encuentro. Nos trae la paz. Nos acompaña.

Comparte nuestras alegrías y nuestras esperanzas, nuestras tristezas y nuestras inquietudes.

Su presencia nos fortalece. Nos consuela. Nos sostiene.

Y en la Eucaristía, nos vuelve a encontrar.

Nos regala su cariño, acoge nuestras vidas, nos habla y se nos da como alimento.

Nos regala la paz y renueva nuestras esperanzas.

Por eso, la fuerza del cristiano está en la Eucaristía… y en la certeza de que Jesús está vivo y sale, siempre, a nuestro encuentro.

Beltrán Macchi, socio de la ADEC

Enlace digital en ÚH: https://www.ultimahora.com/y-jesus-salio-a-nuestro-encuentro

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