La mayoría de los negocios desaparecen no porque dejen de ser rentables, sino porque nunca fueron preparados para trascender generaciones. En muchos casos, el problema no está en el mercado, la competencia o la economía, sino en la ausencia de acuerdos, de instituciones y de una visión compartida sobre el futuro.
Un negocio puede crecer gracias al esfuerzo de una persona; un legado, en cambio, solo puede construirse cuando una familia aprende a pensar más allá de sí misma. Desde la doctrina social cristiana, la empresa no es únicamente una organización económica, sino una comunidad de personas llamadas a crear valor, generar trabajo digno y contribuir al bien común.
Cuando el empresario comprende que su propósito trasciende la rentabilidad, comienza a tomar decisiones que benefician no solo a su familia, sino también a sus colaboradores, clientes y a la sociedad.
Estas son cinco decisiones que pueden marcar la diferencia
La verdadera medida del éxito empresarial no es únicamente el tamaño del patrimonio construido, sino la capacidad de convertir ese patrimonio en un instrumento de servicio. Un negocio se transforma en legado cuando coloca a la persona humana en el centro de sus decisiones, fortalece la unidad de la familia y asume la responsabilidad de generar bienestar para las generaciones presentes y futuras.
¿Qué hijos estoy dejando a la empresa? Verificar que el nuevo liderazgo comulga los valores familiares, es quizá, el acto más trascendente que un empresario cristiano puede realizar.
Gloria Ayala Person, past president de la ADEC
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